
En una fábula de Esopo, se cuenta la historia de un zorro hambriento que da con una vid en medio del bosque. El zorro salta una y otra vez, con todas sus fuerzas, sin poder alcanzar las uvas. Por fin y a pesar de no poder hacerse de ellas, se va feliz, satisfecho consigo mismo, porque ha llegado a la conclusión de que las uvas, sin duda, estaban verdes.
Hasta ahí la fábula.
Como inmortalistas declarados, toda vez que nos hemos puesto a discutir con alguien acerca de la posibilidad de obtener la inmortalidad, hemos sentido que teníamos que enfrentarnos con el zorro de esta fábula. Detrás del gesto de estoicismo o de supuesta sabiduría en la resignación ante la muerte, siempre parece esconderse el gesto mezquino del que desdeña aquello que le resulta inalcanzable.
Invariablemente, el camino de la discusión lleva a nuestro antagonista por el siguiente derrotero:
––Yo no quiero ser inmortal…
A lo que, minutos después, sin importar el rumbo que tome la discusión, seguirá el inevitable:
––Obtener la inmortalidad es imposible…
Que desenmascara el “al cabo estaban verdes” de su aseveración anterior.
Y finalmente:
––En realidad, yo creo que algo de nosotros subsiste a la muerte…
Con lo que nuestro interlocutor acaba, de modo esquizoide y contradictorio, una discusión que ha llevado a cabo consigo.
(Al fin de cuentas, si me permiten la crudeza, es como discutir sobre la hora con el Sombrerero Loco de Lewis Carroll; no importa los argumentos que uno exponga: para él, siempre serán las 5 de la tarde).
En las siguientes páginas nos proponemos demostrar que los argumentos que suelen esgrimirse para demostrar que la inmortalidad es indeseable son, generalmente, falacias, cuando no, lisa y llanamente, mentiras, prejuicios o sinsentidos lógicos.
Además, expondremos algunas de las razones por las cuales sí es deseable ser inmortal y las ventajas y desventajas (o problemas) que surgirían en un hipotético mundo de hombres inmortales.
Asimismo, a modo ilustrativo, proveeremos al lector curioso un listado de personalidades que han deseado la inmortalidad y de aquellos que, al menos, han padecido la desesperación de saberse criaturas mortales; desesperación que ha sido definida, mejor que nunca y para siempre, por nuestro querido y venerado maestro Don Miguel de Unamuno, en su obra capital: “Del sentimiento trágico de la vida”, principal fundamento de esta obra.